[Reseña] “Ema”: Amor, danza y sensualidad desde los cerros de Valparaíso

Tras su paso por Venecia, Toronto y San Sebastián, el estreno de Ema en salas chilenas está programado para este 26 de septiembre.

Pablo Larraín ha sido un cineasta bastante consistente en su rol de dirección y, salvo por Jackie que fue hablada totalmente en inglés, siempre vuelve a buscar sus raíces y demostrar su excentricidad narrativa en historias que podemos considerar más locales. También ha sido genuinamente impredecible en el alcance de su experimento estilístico, desde el drama social surrealista de Tony Manero y Post Mortem, pasando por el tono negativo e introspectivo de El Club y llegando al realismo docu-drama de No, con su uso de texturas “vintage” a la hora de filmar. Pero su creatividad nunca ha sido tan libre como en Ema, un drama sobre una joven que lleva el término “jugar con fuego” a una faceta literal.

Ema es un himno visual a la agenda sobre la liberación femenina, la sororidad y la resiliencia. Un thriller psicológico que siempre se mantiene un paso por delante del espectador y un extravagante, y a veces extenso, musical de baile de reggaetón, que sorprenderá a algunos y desconcertará a otros, debido a la estilística que domina la escena y nos fuerza a una lectura más psicológica. Mucho depende de cómo se llegue al personaje central y la presencia total de Mariana Di Girolamo -quien interpreta a Ema-, una joven mujer dedicada a la danza, que actúa en la compañía experimental dirigida por su coreógrafo y esposo Gastón (Gael García Bernal, que se reúne con Larraín después de No y Neruda). Una pareja fracturada debido a un incidente/accidente familiar, que busca la manera de autodestruirse con culpas mutuas. Ema, bajo este estrés y culpa continuos, recurrirá a métodos bastante particulares para lograr sus objetivos (algo así como Maquiavelo, donde el fin justifica los medios), donde además se ven involucrados la abogada Raquel (Paola Giannini) y su esposo, el bombero Aníbal (Santiago Cabrera). Sus métodos, a veces tórridos, nos hacen pasear por la superficie de una mente y accionar que a muchos les parecerán extremos e incluso violentos, pero adornados con un Valparaíso sobre luces que decoran el puerto como nunca lo vimos y donde Larraín se da el lujo de realizar secuencias completas como si fueran un video clip, con Ema y sus amigas recorriendo la ciudad: en muelles, tejados, en almacenes e incluso en transporte público.

Larraín, apoyado en todo momento por el artista de música electrónica Nicolas Jaar (que contribuye con una banda sonora que va desde estilos de baile clásicos hasta lo popular y urbano) y el coreógrafo José Vidal, crea estas atmósferas misteriosas y ricas en colores. En una película que no tiene grandes diálogos, pero que, sin embargo, posee un buen guion, donde notablemente destacan las escenas donde las chicas sacan la voz y defienden lo que ellas creen correcto.

Sin embargo, y a pesar de la celebración a la feminidad, es difícil deshacerse de la impresión de que Larraín y sus dos escritores masculinos están un poco intoxicados con la emoción de la fluidez de género de las jóvenes modernas. Si este tema convence al espectador depende de su creencia en la voluntad indomable y la sexualidad abierta de Ema, cuya táctica se basa en la convicción de que nadie, hombre o mujer, resistirá su encanto erótico o su encanto de artista. Lo que resulta discutible es si es que el público cederá tan fácilmente: si bien es una presencia formidable con sus ojos intensos, su casco andrógino frío y peinado hacia atrás, Ema será una película que no dejará a nadie indiferente, les guste el film o no.

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Por Rena Rock


 

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