El Rey Arturo: La leyenda de la espada. Exceso Audiovisual

De un tiempo a esta parte el cine de Guy Ritchie ha ido en una constante evolución, pero más temática que formal en cuanto a lo que se muestra en pantalla. Lo hemos visto cambiar de género como quien cambia de ropa cuando algo no le gusta. Y esto no es para nada un problema, los grandes directores han hecho lo mismo y –tal como Ritchie- no renuncian a sus estilos formales, pero creo que hay una diferencia entre esos grandes directores y Ritchie: su estilo queda al servicio de la historia que nos están contando, porque saben que lo que ellos pueden aportar enriquecería el relato. Por ejemplo ahí tenemos a Scorsese entregándonos un film como El Lobo de Wall Street (2013) o Infiltrados (2006) con esa locura y frenético ritmo que ya lo quisieran varios directores mucho más jóvenes que él. Pero también tenemos al Scorsese de Kundun (1997) o Silence (2016), donde su forma te permite reconocer que el film lleva la firma de Scorsese, pero siempre con su presencia al servicio del film. Una situación que en el caso de El Rey Arturo no destruye una película que puede ser entretenida para una gran mayoría del público, si la condena a una sensación de agotamiento cuando Ritchie se excede en su estilo.

Forma vs Fondo

Ahora, antes de cualquier confusión, partiré reafirmando algo que dejo al final del párrafo anterior; El rey Arturo: La leyenda de la espada (2017) es una película entretenida y se aprovecha bastante bien del gran formato que nos da una sala de cine, cada aspecto de la pantalla es llenado con esta versión grandilocuente del futuro rey de Inglaterra y dueño del poder de la espada Excalibur, un llenado que puede gustar y funciona bastante bien como un blockbuster para acercarse al cine un fin de semana, pero la presencia de Ritchie logra ser más fuerte y por momentos nos vemos invadidos por un exceso uso de recurso cinematográfico que quizá para la historia del rey Arturo y su mundo medieval puede quedar demasiado recargado y, a la larga, agotador. Uno puede ver la ópera prima de Ritchie con Lock, Stock and two smoking barrels (1998) y esos excesos le asientan bien a la historia de sus divertidos ladrones de medio pelo, se acomoda. Incluso en su excursión por la Inglaterra victoriana de Sherlock Holmes (2009) el estilo funciona –aunque por momentos también se resiente, pero en menor medida-. Pero cuando entramos en un mundo de castillos, se nota la necesidad de sacar un poco el pie del acelerador y preocuparnos por otros detalles, sobre todo cuando ya la historia en sí tiene sus propios excesos; es decir, desde el guion ya nos encontramos en un mundo “Arturiano” (palabra que creo, me acabo de inventar) cargado de magia, y si bien esto siempre ha estado gracias a la presencia de Merlín en las historias del gran rey, sin miedo a equivocarme acá nos encontramos con la versión más Harry Potter de todos los Arturos vistos hasta ahora, lo cual ya es visualmente excesivo a la vista para que más encima la forma se cargue al fondo y que incluso puede terminar resintiendo la duración del film que se extiende por las cerca de dos horas.

Aunque ya lo dije, si dejas este tema de lado y crees que estamos exagerando, la película la disfrutarás y la elección de Ritchie (que puedo imaginar que lo buscaron para justamente intentar innovar por su forma) será idónea para ver algo diferente estos días, aunque sea sobre una historia de sobras conocida.

Por qué no es solo Ritchie

Si quisiera entrar en todos los otros aspectos de la película diría que cumplen de forma correcta a lo que se necesita. Esta crítica se ha cargado al orquestador de todo esto y es porque se sabe que puede más que simplemente instalarse a demostrar que la película lleva su firma, ahí está Agente de CIPOL para demostrar lo que un Ritchie controlado puede hacer. Frente a esto, el elenco aporta mucho a hacer llevadero el film y cumplen entre la energía, seriedad y gracia que cada personaje necesita. Lo único que lamento es que Charlie Hunnam, que aquí representa al gran rey antes de ser el gran rey, es un actor con bastante carisma que puede hacer mucho con los papeles que le colocan sobre la mesa, pero que si no engancha con esta ya serán dos películas llamadas a ser blockbuster que prometieron y quedaron a medio camino -esto lo hago considerando Pacific Rim (Guillermo del Toro, 2013), que si bien soy parte de la masa que le gustó y espera su segunda parte, lo números en sala dejaron muy a la deriva el destino de los Mecha Norteamericanos- y con esto puede terminar corriendo el mismo destino que Taylor Kitsch, quien estaba llamado a ser la siguiente súper estrella de Hollywood pero después de un par de films sin gran éxito se terminó sepultando con John Carter (Andrew Stanton, 2012), una película que terminó llamando la atención más por el supuesto desfalco que le significó a la todopoderosa Disney que por sus atributos, que los tiene y que incluso los invitaría a que le den una segunda oportunidad.

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Por Enzo Destefani

 

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